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Valle de Salazar, un entorno de ensueño


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El Valle de Salazar, situado en la zona oriental del Pirineo navarro, es un enclave de magnífica belleza donde el visitante podrá disfrutar de la naturaleza, practicar todo tipo de deportes al aire libre y conocer pintorescos núcleos de población donde todavía se conservan oficios y tradiciones de gran raigambre en la zona.

ÍNDICE

1.- Un entorno de ensueño

2.- La Junta General del Valle, su órgano representativo

3.- Un paseo por los lugares más pintorescos de Salazar

4.- Villas repletas de arte e historia

5.- El Bosque de Irati, la joya natural del valle

6.- Otros lugares de interés

7.- Almadías, pastoreo y alpargatas, una muestra de oficios tradicionales

8.- Fiesta y folclore, dos caras de una misma moneda

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1.- Un entorno de ensueño

El valle, estructurado por el río Salazar, posee
parajes de vegetación exuberante donde habitan
multitud de especies. Este territorio, que está
sembrado de riachuelos y regatas, cuenta con bosques frondosos donde el silbido del viento entre los árboles y la diversidad cromática del entorno nos trasladan con la imaginación a un mundo de ensueño. El máximo exponente natural de Salazar es el Bosque de Irati, una superficie forestal de más de 17.000 hectáreas compuesta por hayas y abetos. Al abrigo de los árboles, descubrimos el embalse de Irabia y la ermita de la Virgen de las Nieves, que se levantó en 1954 para conmemorar el primer centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada. El
santuario, al que se acude en romería el domingo
anterior al 15 de agosto, se alza cerca de donde se forma el río Irati gracias a la unión de las aguas del Urbeltza y el Urtxuria.

Sin embargo, no es ésta la única belleza natural del valle que merece ser visitada. Las foces de Arbayún y Lumbier, nombre que reciben en Navarra y Aragón los desfiladeros excavados por los ríos en la montaña, se convierten en magníficos escenarios de diversidad florística y faunística donde los amantes de la naturaleza encuentran un marco incomparable para la práctica del senderismo, la escalada o la simple contemplación del entorno.

El Valle de Salazar está constituido por más de una docena de municipios, que se encuentran agrupados en tres quiñones: el de Ochagavía, formado por el municipio del mismo nombre; el de Errartea, integrado por los de Jaurrieta, Ezcároz y Esparza, y el de Atabea, compuesto por los de Oronz, Gallués, Güesa, Sarriés e Izalzu. Esta organización, que carece según los expertos de significación geográfica, obedece a razones meramente administrativas. Cada uno de los
quiñones nombra a seis diputados o junteros en la
Junta General del Valle, corporación jurídica propia, que tiene su domicilio legal en la villa de Ezcároz. Es el organismo encargado del gobierno de la comunidad del valle en lo que se refiere a su régimen interno y a la conservación, defensa judicial, administración, contratación y disposición de su patrimonio. La Junta está presidida por el alcalde mayor, cargo elegido entre los diputados según el orden tradicional de los tres quiñones.


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Vista aérea de Ochagavía, la villa más pintoresca del Pirineo navarro
Ochagavía es, sin duda, la población más carismática del valle y una de las más hermosas de la montaña navarra. Las casas, de arquitectura tradicional pirenaica, sus puentes de piedra y la ermita de Nuestra Señora de Muskilda son algunos de sus atractivos más sobresalientes.

Antiguamente, el transporte fluvial de la madera y la ganadería constituían los pilares básicos de la economía salacenca. Tras la construcción del embalse de Yesa, que puso punto final a la actividad almadiera, la explotación de los recursos agro-ganaderos y forestales, así como el desarrollo del sector turístico se han convertido en los motores de progreso de la zona. La tradición ganadera está muy arraigada en esta parte del Pirineo navarro donde los animales encuentran el pasto perfecto hasta que, con la llegada de las primeras nevadas, se trasladan a las Bardenas
Reales donde pasan el invierno. La industria se
sustenta principalmente en el aprovechamiento forestal y, en menor medida, en el sector de la construcción.


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Las ovejas abandonan las tierras salcencas en invierno y se trasladad a las Bardenas reales
Los municipios de Iciz y Ochagavía disponen de
polígonos industriales desde donde desarrollan su
actividad varias empresas pertenecientes a distintos sectores de actividad. Por último, un buen número de habitantes de la zona trabaja en el sector servicios gracias al auge que, en los últimos años, ha experimentado el turismo. Buena muestra de ello es la proliferación de casas rurales, establecimientos hoteleros, campings y otras infraestructuras que han contribuido a dinamizar la oferta de ocio y descanso del Valle de Salazar.


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El queso y las migas, dos productos típicos de su gastronomía
El desarrollo turístico de la zona ha estado
propiciado en parte por la generalización de los
deportes de aventura, como la escalada, el senderismo o el descenso de barrancos; actividades que en este entorno encuentran las condiciones perfectas para su desarrollo. También los amantes de la actividad cinegética acuden con asiduidad a estos parajes donde pueden practicar caza menor (perdiz, paloma, becada y zorro) y mayor (jabalí, ciervo y corzo), así como pescar madrillas, barbos y truchas en corrientes fluviales, como el Anduña, Zatoya, Urtxuria, Iratí, Salazar e Ibarrondoa.

Al igual que en el resto de los valles pirenaicos
navarros, Salazar es una tierra propicia para
disfrutar de la gastronomía. Las pochas y la menestra de verduras son los entrantes más apreciados en esta zona de la Comunidad Foral, aunque los valores culinarios más destacados del valle son la trucha, las carnes de ovino y vacuno y el queso, elaborado con leche de oveja. La caza, una actividad de gran raigambre entre los salacencos, proporciona todo tipo de carnes en función de la temporada en la que nos encontremos. Así las cosas, los guisos de jabalí son todo un manjar para los paladares más exigentes.


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Los bosque salacencos son ricos en setas y hongos
Tampoco podemos olvidar las tradicionales migas de pastor, elaboradas a base de pan seco y un poco de sebo. El secreto para disfrutar de este plato radica en comer las migas calientes, recién sacadas del fuego, cogiéndolas directamente del puchero donde han sido cocinadas. En numerosas ocasiones, las migas se toman con cuchara de madera de boj, fruto de un oficio artesano que aunque ha perdido vigencia en nuestros días sigue siendo practicado en algunos de los municipios del valle.

Ahora bien, si algo destaca en la mesa salacenca es la variedad de hongos y setas que se crían en sus bosques y que son el complemento perfecto para las costillas de cordero hechas a la brasa. En el Pirineo, se recogen distintas especies, aunque las más conocidas son el hongo beltza y el
robellón. El primero puede encontrarse en zonas de robledales y hayedos durante el verano y el otoño, mientras que el robellón es exclusivo del otoño y sólo se encuentra en pinares. Aunque la recogida de hongos está muy generalizada en todo el valle, las localidades en las que esta práctica cuenta con más adeptos son Izal, Esparza, Igal, Ochagavía y Ezcároz. Antiguamente, todos los miembros de la familia participaban en esta actividad. Con el paso del tiempo, las cosas han cambiado y ahora la recogida de hongos se ha profesionalizado.

El broche de oro a este despliegue culinario lo ponen los vinos de la zona, elaborados en las bodegas y cooperativas de Lumbier y Liédena.

Bosque de hayedos, muy característico del Valle de Salazar Bosque de hayedos, muy característico del Valle de Salazar
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