En los últimos años el cultivo de la trufa negra, un hongo que hasta hace poco sólo se obtenía de manera silvestre, ha aumentado de manera considerable. Actualmente sólo se cubre el 10 por ciento de la demanda mundial, por lo que el cultivo de la trufa se convierte en un perfecto complemento a las actividades agrícolas tradicionales sobre todo en las zonas rurales de media montaña.
El vivero de planta micorrizada debe tener el mayor aislamiento posible (Foto cedida por M.C.)
La trufa negra es un hongo que hasta hace pocos años se obtenía de manera silvestre, en los bosques de las zonas donde se producían. Dicha producción natural ha ido disminuyendo en los últimos años a causa de diversos factores climatológicos como la sequía, o bien porque ciertas especies animales salvajes como los jabalíes, acababan con ella. Actualmente, gracias a diferentes investigaciones científicas se ha conseguido demostrar que se puede realizar su cultivo en zonas donde se reúnan las condiciones geográficas, climáticas y agronómicas adecuadas. La importancia de este cultivo radica en que puede convertirse en un perfecto complemento a las actividades agrícolas tradicionales, ya que existe en el mercado una gran demanda de su producción, de la que sólo se cubre el 10 %, siendo Francia, Italia y España los principales países productores. No hay que olvidar que un quilo de este producto gira alrededor de los 300 y 400 euros. Según indican los expertos, los rendimientos económicos en España son de 10, 40 y 50 kilos por hectárea, y por lo tanto, no existe ningún cultivo de secano tan rentable como éste. Por esta razón, su cultivo puede convertirse en una fuente de riqueza muy importante sobre todo en las zonas rurales de media montaña, sustituyendo a los tradicionales que no son rentables, pero que se siguen sosteniendo gracias a las ayudas de la PAC.
El origen de este cultivo fue descubierto de manera casual por un francés en el año 1815, aunque no fue hasta la década de 1960 cuando se obtuvieron las primeras plantas inoculadas con trufa. Durante los años 70 se desarrolló este cultivo en Francia e Italia y llegaron a España mediante la importación de plantas francesas. No es hasta la década de los 80 cuando aparecen las primeras empresas que cultivan y venden sus propias plantas. Ejemplos de este cultivo se encuentran en Castellón, Soria y Sarrión, en Teruel.
Una producción que surge al cabo de siete años
Planta micorrizada con Tuber melanosporum (Foto cedida por M.C.)
Una vez se ha llevado a cabo el proceso en la planta huésped, la plantación se realizará desde el mes de noviembre hasta el mes de marzo y si hay heladas tardías hasta abril. Las primeras producciones no surgirán hasta al cabo de siete u ocho años. Durante ese tiempo se deben llevar a cabo distintos trabajos de mantenimiento para poder obtener una buena producción. Así, es conveniente que se tengan una serie de cuidados con la vegetación, regar el cultivo durante los primeros años y en el primero si se produjese un periodo de sequía se deberían regar cada 20 días. Asimismo, se realizará la poda y se procurará que no cojan plagas o enfermedades, aunque señalan que los pequeños ataques de organismos patógenos que sufren no llegan a producir pérdidas. Después de siete años se obtendrán las primeras producciones.
Implantaciones Truferas
En primer lugar, es fundamental una adecuada elección de la parcela. Se elegirán suelos con pocos hongos competidores de la trufa, resultando más favorables los suelos agrícolas que los forestales, ya que los primeros incluyen muy pocos hongos que puedan formar ectomicorrizas. Sin embargo, los suelos agrícolas pueden carecer de distintos elementos nutricionales que perjudiquen la implantación de la trufera, por lo que se deberán corregir mediante un abonado de fondo. Estos suelos también deben cumplir las exigencias de clima y suelo aptas para el cultivo de la trufa expuestas en otros apartados.
También debemos elegir la planta simbionte, la trufa negra se asocia con árboles que habitan en condiciones edafoclimáticas muy diferentes, por lo que siempre ha de existir alguna especie que se acomode a las condiciones ecológicas del lugar.
Plantación con riego en Benabarre (Huesca) (Foto cedida por M.C.)
Una de las claves para el establecimiento de una trufera productiva es la elección de plantas jóvenes cuyo sistema radicular esté completamente infectado por la trufa negra. De esta manera, y con la plantación, se inoculará el terreno con el micelio de trufa. Si el medio es adecuado y no existe competencia de otros hongos micorrizógenos, la trufa colonizará la parcela rápidamente.
Existen varias técnicas para conseguir una micorrización monoespecífica en plántulas. Sin embargo los medios instrumentales que se precisan escapan a la mayor parte de los agricultores. Por ello se aconseja adquirir plantas micorrizadas certificadas procedentes de viveros especializados.
Para la implantación de las truferas, junto a los pasos anteriores, han de realizarse una serie de medidas culturales y selvícolas:
En primer lugar es necesaria una preparación del terreno. Un año antes de la plantación es conveniente eliminar toda la vegetación existente con una labor profunda de subsolador o arado, seguida de varios pases de cultivador o de grada.
La densidad de plantación oscila entre 200 y 600 árboles/ha. Un marco denso asegura una mayor velocidad de colonización, acelera la entrada en producción y proporciona mayores cosechas, pero su implantación y mantenimiento resultan más costosos. Se aconsejan densidades medias de 300 a 400 plantas por hectárea en marco regular a al tresbolillo.
Se debe dejar suficiente separación entre árboles, siendo una distribución ideal de 70 árboles adultos por hectárea para un encinar en óptimas condiciones de producción y troncos de 40 cm de diámetro o más. Este número aumentará si disminuye el número de los troncos hasta superar los 200 para árboles de diámetro inferior a los 20 cm.
La plantación debe realizarse durante la parada vegetativa, en los meses de noviembre, febrero o marzo, para evitar las heladas intensas. Se plantará en hoyos de 30 cm de profundidad y se colocarán las plantas sin dañar el cepellón. Las plantas se rodearán con mallas protectoras durante los primeros años para protegerlas del ataque de roedores y de otros animales (ovejas, cabras, conejos, jabalís, etc.).
Riego por microaspersión en plantación trufera (Foto cedida por M.C.)
Con el movimiento de tierra del quemado se pretende que el agua de lluvia penetre en el suelo y que la humedad del mismo se conserve más tiempo. Con ello se consigue favorecer al máximo el crecimiento del árbol y de su sistema radicular. Las labores serán siempre superficiales, profundizando menos conforme nos alejemos del centro del quemado, que coincide con el tronco del árbol huésped. No se sobrepasará de 15 cm en la zona más cercana al tronco y de 5 cm en la más alejada o borde del quemado. Esta labor se efectúa radialmente empezando en el tronco y llegando hasta la periferia del quemado. El laboreo se realizará pasados los fríos del invierno, cuando el árbol huésped se prepara para iniciar la brotación.
Para asegurar un buen rendimiento de la plantación conviene instalar un sistema de riego de los quemados. Normalmente con ello se consigue combatir la escasez de agua de lluvia. Se riega a mediados de junio, si no llueve ya que la ausencia de lluvias en verano conduce a cosechas muy escasas en el invierno siguiente. Las necesidades de agua mínimas en el mes de agosto son de unos 50 l/m2. El riego debe ser tal que no provoque encharcamientos.
Tras la plantación se pueden construir pequeñas caballones para desaguar el exceso de agua en las zonas de quemado. También se puede actuar conduciendo el agua hacia el quemado para mantener la humedad en esta zona.
El abonado se realizará solo cuando la producción de la trufera decaiga. Los abonados nitrogenados suelen ser perjudiciales, mientras que el abonado con fosfato favorece la formación de micorrizas, sobre todo cuando la trufera se está estableciendo en el terreno. En el caso de que sea necesario se podrá aplicar enmiendas calizas u orgánicas o un abonado de fondo antes de la plantación.
Los quemados son apreciables en las dos especies micorrizadas (Foto cedida por M.C.)
Con la poda se consigue dar una iluminación adecuada al suelo, así como favorecer la emisión de raíces superficiales, en detrimento de las profundas. El sistema de formación de los árboles será de copa poco elevada, menos de 5 m, en forma de cono invertido y de follaje no muy espeso. Se eliminarán aquellas ramas que crezcan muy verticales y las más bajas que sombreen el terreno.
Las operaciones de poda se deben efectuar cuando aún no hay quemado, suprimiéndose en el momento en que aparezcan los primeros síntomas del mismo. Las podas serán suaves, con rebajes muy moderados, podando poco las ramas medias, algo menos las altas y suprimiendo las muy bajas.
Para conservar la humedad del suelo y evitar su evaporación se puede recurrir a cubrir el terreno con piedras calizas, maleza, plástico negro o tierra desde junio hasta septiembre. El plástico negro será de 200 galgas y 80 centímetros de ancho, colocándolo en franjas perpendiculares a la línea de máxima pendiente. Entre las franjas se deja una separación de 0,2 a 0,5 centímetros para que el agua penetre en el suelo con facilidad.